Mercè, la niña de la ciudad




Hace dos siglos que nació en Barcelona una niña que respondía al nombre de Mercè. Era pelirroja como una visita nocturna a la ciudad, expresiva como una explosión de humanidad y dinámica con las visitas que recibía. Con el paso del tiempo se convirtió en una fiel seguidora de las celebraciones que llevan su nombre. La niña sólo deja verse durante una semana al año. Si alguien la encuentra en las calles de la ciudad que alce la voz y le pregunte: “¿Cómo está señora Mercè?”.


Desde que cumplió la mayoría de edad, Mercè espera las fiestas de su ciudad con una sonrisa en la comisura de los labios. “Mercè 2008” le dice un niño a su madre señalando el cartel colgado en el cielo de Barcelona, “Molta Mercè” celebran los músicos antes de salir al escenario, y los corredores de la maratón popular llevan un dorsal numérico con su nombre. Mercè es la protagonista condal en una fiesta que inaugura el cambio de estación. Mercè se viste de otoño, dulce otoño.


Como cualquier barcelonesa, esperó el pistoletazo de salida de unas fiestas que auguran mucho presente y un toque de futuro. Cada año repite el ritual cuando tiene el programa en las manos. Lo lee detenidamente y señala los puntos de ocio que más le apetecen, luego idea un calendario personal en el que anota los días y las franjas horarias de los espectáculos elegidos. Mercè es una fiesta humana y, como el resto de los mortales, decide qué hacer durante una inmensidad cultural.


Su agenda personal en perfecta caligrafía afirma que el viernes 19 de septiembre fue a la Plaça Sant Jaume para escuchar las palabras del pregonero. La niña pelirroja se convirtió en una celebración galáctica a manos de Jaume Sisa. Huyendo del bullicio se refugió en la Plaça Sant Felip Neri para escuchar el relámpago de campanas que sonaron al unísono, y justo en ese instante le cayó la primera lágrima. La soledad y la emoción la hicieron vibrar un año más. En las Ramblas esperó a las bestias de fuego y las siguió expectante hasta el punto incial. Una vez en el Ayuntamiento callejeó por el Born hasta la playa de la Barceloneta. Su horizonte urbano preferido, el mediterráneo, fue el telón de fondo de luces y sombras, colores y espacios, música y silencio. Dualidades pirotécnicas que al llegar a casa le permitieron dormirse como cuando era pequeña, envuelta en los brazos de su madre.

A la mañana siguiente, se acercó al Castell de Montjuïc para ser la maestra de ceremonias de las funciones circenses donde malabaristas, magos, trapecistas, títeres y payasos devolvieron la inocencia a niños y mayores que vivieron la Mercè sin saber que la tenían delante. Sin saber que es exactamente como ellos, que tiene ojos y rostro, que también tiene hipoteca pero cuando está de celebración se olvida de los problemas y sonríe. En 2008, Mercè fue una sonrisa contagiosa.
Después de una comida slow food, la fiesta cambió de barrio y llegó a Sagrada Familia. Los jóvenes se agolparon bajo un cartel de música pop a la hora que la luna deja iluminarse por el sol y el cantante preguntó: “¿Alguien ha visto a Mercè este año?”. Las chicas que responden a ese nombre enloquecieron y se acercaron al escenario desafiando a los guardianes del orden y escalaron hasta hacer una pantalla humana entre el público y la música. Mercè lo vivió con emoción y se unió a la bacanal urbana.

El domingo madrugó y participó en la carrera solidaria que lleva su nombre. Hace 30 años que recorre a pie la ciudad junto a otros ciudadanos en un día de reencuentro. Un día en el que es posible sentirse libre pisando el asfalto barcelonés sin demasiados coches alrededor. Después de la caminata de diez quilómetros tomó la ducha de rigor y descansó hasta la medianoche que salió a pasear por el Parc de la Ciutadella. Bajo la luz del Arc de Triumf, conoció a Mohamed que se dispuso a romper el ayuno celebrado durante el día del Ramadán. Éste con acento catalàn le preguntó: “Com es troba senyora Mercè?”. Hablaron, cantaron, comieron y tomaron té. Verbos transitivos que les permitieron conocerse hasta límites insospechados.


Los días siguientes, Mercè continuó viviendo la calle haste el punto álgido, el miércoles 24 de septiembre, cuando visitó junto a Mohamed una decena de exposiciones en los museos de la ciudad condal. Ella consiguió atravesar las puertas sin ser vista por nadie, él entró gratuitamente como cualquier ciudadano. Mercè, además de una celebración, es una ilusión celebrada en cielo, mar y tierra.


Tras el desenlace llega el epílogo. Y en este caso sabemos que agotada de celebraciones la niña pelirroja llegó a su casa y con un vaso de leche azucarada se despidió de los ciudadanos, de Mohamed y de Barcelona: “Buenas noches, hasta el año que viene”, firmó en el cielo de la ciudad condal. Un cierre pirotécnico con sabor al otoño rojizo de sus cabellos.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
M'agradat aquest relat de les festes de la Mercè.

Molt interesant ben espresat.

Besos i salud
joana abrines ha dicho que…
massa llarg, tal volta? perquè ningú ha tengut temps per llegir-lo. Menos mal de tu, siempre presente.

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